.44 -Breve crónica de un adiós
Son las cuatro de la tarde y el
Madrid anota gol. Me despierta el grito del narrador indicándolo. Eso, y mi
mamá que entra Tu abuelo como que ya no respira, ven a ver. Yo me pongo en pie
muy rápidamente, contrario a mi costumbre, y cuando llego al cuarto sí, el
abuelo había muerto. Su cuerpo frío, con un frío distinto. Un frío que jamás
había sentido. Un frío de eternidad, quizá. Me le acerqué y le dije Eso,
viejito, gracias. Sé feliz ahora siendo uno con el universo. Y me puse a
amarrarle la mandíbula, que le había quedado abierta la boca.
Al llegar a la funeraria, los
trabajadores que iban a prepararlo, ya ubicado en la urna, me dejaron que lo
cambiara. Lo vestí con amor. El mismo amor que nunca le expresé porque él nunca
nos expresó. El mismo amor con el que los días anteriores le cambiaba el pañal
y le limpiaba sus partes. Ese amor que sólo le vi en los ojos cuando se trataba
de mi abuela.
Así lo velamos, así lo llevamos
hasta la iglesia Altagracia para que un cura pequeño y con cara de bonachón
diera una misa breve antes de ir al cementerio para su siembra final. Y allí en
esa iglesia recordé que solía ir con mi primer amor, más de quince años atrás,
a soñar con una vida que no fue. A pedirle a Dios unas bendiciones que nunca
llegaron.
Luego, el silencio del cementerio,
las flores cayendo sobre su urna, y unos obreros haciendo lo suyo: sepultar un
cuerpo ante los ojos llorosos de familiares y amigos. Quería decir algo antes
de eso, pero no pude. No porque el dolor me agobiara, sino porque no sabía qué
podía decir de ese hombre centenario al que conocí tan poco, por tantos años.
Comentarios
Publicar un comentario