De que mi hijo cumpla doce

No es por el paso del tiempo. No es por eso de que los hijos lo envejecen a uno. No es porque mi bebé ya no es un bebé. No es porque está grande. Eso sí, no sé bien por qué es.

Me siento entre triste y feliz. Asombrado, también. El tiempo pasa muy rápido. Me veo en él, me reconozco en él. En su candor, en su inocencia que es la misma inocencia que tenía yo a los doce. Porque mi fideo tiene una cosa hermosa, que me gusta mucho; que me gusta y me asusta. Es que es un niño. Es un niño de doce años. No es un muchacho, no es un tipo. Es un niño. Me explico: a él le gustan las cosas de niño, y todavía no le presta demasiada atención a las cosas de chamos; de adolescentes, esto es.

Eso me gusta, como decía, porque siento que vive la vida de otro modo, más a su tiempo, me parece que juega más a vivirla bien, que a ganarla! Y me asusta, claro. Quizá por ese mismo reflejo que veo mío en él. Porque sé que uno sufre, que se burlan de uno, que la vida es un poquita más dura a esa edad sino se está vibrando con el resto. Pero bueno, creo que él tiene sus fuerzas, sus convicciones, su alma, que será quien le diga qué tanto dejar de sí mismo, o de los demás, por encajar.

Es que los hijos lo envejecen a uno, y uno va y se pone así, como sentimental -más de lo que ya soy-. Porque no quiero que cambie demasiado, no quiero que encaje demasiado... Porque, después de todo, tampoco es que el mundo esté muy bien así como está, para que uno se desviva por encajar en él...

Y claro, mi bebé ya no es un bebé. Eso es hermoso, porque ha pasado el tiempo y se le siente más grande en muchas cosas, en muchos aspectos y en muchas maneras de enfrentarse a la vida. Y uno también debe irse adaptando, por eso, porque ya él está grande, y uno debe engrandecer junto con él. Para poder darle la talla, para poder seguir siendo bello a sus ojos, y grande en su corazón.

Y ahora, después de todo, sí como que sabía bien por qué es que es... Y es porque mi hijo lindo, cumplió doce!

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