Para lidiar con el olvido
Se nos olvidan tantas cosas.
Es... no se si cruel, perverso o sólo es normal y ya. Es decir, es normal: siempre y a todos nos pasa. Pero nadie pareciera detenerse un minuto a decir maldita sea, es injusto!
Se nos olvidan cosas insignificantes; tantas como latidos tenemos en un día. Pero también se pierden en la inmensidad del tiempo presente cosas majestuosas, maravillas de gracia, de hermosura, de amor, de ternura, de pasión...
Se nos olvida incluso, vivir. Olvidamos tantas veces sonreír. Olvidamos, más de lo que parece humanamente justo, recordar eso divino que nos habita, esa parte mística, -de Dios, pues- que todos tenemos.
Veo tantas cosas de mi hija que me hacen tan feliz, y que me hacen llorar a veces porque sé que no recordaré dos días después. Me da tanto coraje, que me pregunto, cómo se lidia con el olvido. Con ese olvido cotidiano, ese olvido de la vida. Veo a mi hijo ya un puberto, con granos y la voz cada vez menos de niño y tiemblo de la rabia, de la impotencia porque hay tantas cosas hermosas que él me regaló y que yo no tengo guardado... Y más pronto que tarde será un hombre, y recordaré con tristeza que hubo cosas que debí recordar más, como ser un mejor padre...
Veo a mi padre tan disminuido, tan apocado. Tan débil ante un mundo cada vez más vasto en tamaño y en fuerza. Tan perdido, de sus memorias y por tanto de él mismo, de la vida que vivió.
No tiene nada de gracia asistir a este espectáculo.
La muerte se parece tanto a la vida. Se va muriendo cada vez más inconcientemente; nos vamos olvidando y nos vamos muriendo, de vida...
Es... no se si cruel, perverso o sólo es normal y ya. Es decir, es normal: siempre y a todos nos pasa. Pero nadie pareciera detenerse un minuto a decir maldita sea, es injusto!
Se nos olvidan cosas insignificantes; tantas como latidos tenemos en un día. Pero también se pierden en la inmensidad del tiempo presente cosas majestuosas, maravillas de gracia, de hermosura, de amor, de ternura, de pasión...
Se nos olvida incluso, vivir. Olvidamos tantas veces sonreír. Olvidamos, más de lo que parece humanamente justo, recordar eso divino que nos habita, esa parte mística, -de Dios, pues- que todos tenemos.
Veo tantas cosas de mi hija que me hacen tan feliz, y que me hacen llorar a veces porque sé que no recordaré dos días después. Me da tanto coraje, que me pregunto, cómo se lidia con el olvido. Con ese olvido cotidiano, ese olvido de la vida. Veo a mi hijo ya un puberto, con granos y la voz cada vez menos de niño y tiemblo de la rabia, de la impotencia porque hay tantas cosas hermosas que él me regaló y que yo no tengo guardado... Y más pronto que tarde será un hombre, y recordaré con tristeza que hubo cosas que debí recordar más, como ser un mejor padre...
Veo a mi padre tan disminuido, tan apocado. Tan débil ante un mundo cada vez más vasto en tamaño y en fuerza. Tan perdido, de sus memorias y por tanto de él mismo, de la vida que vivió.
No tiene nada de gracia asistir a este espectáculo.
La muerte se parece tanto a la vida. Se va muriendo cada vez más inconcientemente; nos vamos olvidando y nos vamos muriendo, de vida...
Comentarios
Publicar un comentario